/ edición 2016

Por Antonio Marcos. Piensa por un momento en una casa como una cápsula suspendida en el espacio. Cuando digo casa me refiero a un piso en un bloque, que mi imaginación está condicionada por mis orígenes. Quítale a tu piso todo lo de alrededor, el resto del edificio, quizá incluso los edificios de varias manzanas, dejando tal vez el ascensor para subir hasta ese séptimo todo exterior. Como si fuera un globo de helio para vivir. Mírala desde abajo y aprecia esa singularidad, siéntela como una estación espacial internacional donde vas a subir, abrir con llave y entrar. Alaba el trabajo de arquitectos, ingenieros y albañiles para transportar hasta allí arriba toda esa materia y su habilidad para crear con ella un espacio interior habitable, el esfuerzo y el ingenio puestos en llevar y desalojar flujos continuos de agua y energía.

Una casa es un prodigio que desafía a la lógica, un concepto que responde a una necesidad irrenunciable de cobijo e intimidad, lo primero que pinta un niño, lo primero que se levanta en un campamento, el lugar de la construcción de uno mismo. Un espacio neutro y delimitado. Y luego vamos nosotros y las jodemos viviendo la vida que vivimos.

No lo digo por ti. Tú llevas una vida muy maja: haces cosas, piensas de vez en cuando y tocas la guitarra española, de oído pero bien. Lo digo un poco por todos: desde el punto de vista de las casas somos un poco como mulos viejos dando vueltas a la noria. Ellas ven con resignación nuestros gestos iguales de cada día, deja las llaves ahí, fríe un huevo con cuidado que salta el aceite, abre y cierra el frigorífico, apaga el radiador, tiende ropa, frótate con alguien, habla solo o con otros de las mismas cosas o de otras parecidas, haz así con el brazo para cambiar de canal, duerme, ronca, haz funcionar aparatos que hacen ruido. Haz pis. Muere algún día.

En su engullirnos y contenernos, las casas se ríen un poco de nosotros, se ríen a puerta batiente, si se me permite decirlo así. Quizá ríen por no llorar al ver lo rutinario de nuestra relación con ellas, una tristeza inmobiliaria que seguramente no esperaban del tan cacareado género humano.

Pero un día entras en casa ajena y entonces ocurre que la miras con otros ojos. Todo parece más luminoso, armonioso. Ves rincones donde te establecerías, un espacio fértil donde todo lo postergado crecería como en un clima tropical. Algo parecido a lo que imaginas cuando desde la calle miras hacia ventanas iluminadas por suaves luces indirectas. “A lo lejos se ve la otra orilla… Y allí todo brilla, allí todo encaja bien, en esta orilla yo no hago pie”, que cantaban Los Enemigos.

El piso que alberga Dead at Home te cuenta todas estas cosas nada más entrar, desde su condición de casa que temporalmente ha dejado de ser vivienda. Después de 40 años de “vivencia” ahora acoge arte y a las personas que van a verlo. Y eso altera la antigua relación: desde la deambulación hasta su consideración como escenario para la revelación de la experiencia estética. Y al cambiar de uso, la casa se percibe ahora como un espacio despojado de connotaciones, construido serialmente pero con personalidad singular. Ni vivienda ni galería de arte. Este sí que es un Domus Artium.

Y aquí hay que decir dos cosas: que los artistas participantes han entendido cómo intervenir ese espacio concreto con obras que encajan perfectamente en muchos casos. Y también que hay un trabajo de construcción simbólica del lugar que demuestra que Paloma Pájaro se desenvuelve tanto en la gran escala (Pananderos, donde convirtió por un día una fábrica de pan en un festival artístico para cientos de personas) como en transformar un espacio íntimo mediante la medida sustracción de elementos del hogar, dejando una capa de lo vivido para que dialogue con las obras recién llegadas.

Si el concepto de base de Dead at Home es exponer y dar vida a obras que habían sido descartadas por el mercado o por los propios artistas, el lugar que lo alberga es protagonista también de ese relato. Quizá el mayor protagonista, el que sirve de nexo común a todo: si no hubiera un radiador que pierde agua tal vez no hubiera encajado una foto pixelada en el pasillo. Así de precisos son los equilibrios de las casas cuando se ponen de nuevo en funcionamiento. Yo, al llegar a la mía, le he dado un beso en todo el gotelé.

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